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Opinión. El Frente de Todos, una ilusión quebrada

¿Una nueva temporalidad en la política nacional? Un oficialismo al borde de un ataque de nervios. O un paso más allá del borde. De decepciones y resiliencias. A las calles el 24 de Marzo, contra el acuerdo con el FMI.

Eduardo Castilla@castillaeduardo

Viernes 18 de marzo | 17:00

-"¿Querés salir primero vos Cristian?

- No te hagas problema Javier. Nos van a tener que esperar".

Cristian es Ritondo y Javier es Milei. Entre sonrisas cómplices, charlan. Micrófono en mano, el periodista espera qué decidan quien hablará primero. Hace minutos acaba de pasar el mediodía del jueves 10 de marzo. Quince horas más tarde, a la hora de los votos, el acuerdo con el FMI logra media sanción por obra y gracia de la oposición de derecha, aquella a la que el Frente de Todos debió esperar.

Un tango, una quebrada

“Alguien dijo una vez
Que yo me fui de mi barrio,
Cuándo? …pero cuando?
Si siempre estoy llegando!

Martín Lousteau pudo haber recordado aquella letra de Pichuco. Autor denostado de la Resolución 125 hace ya tiempo; radical “evolucionista” y vocero de una moderación gorila, este jueves por la tarde celebró el módico “ejercicio de consenso” logrado entre Juntos por el Cambio y la mayor parte del Frente de Todos a partir de la “autoexclusión de los intransigentes”. A la hora de los votos, fue su espacio el que volvió a garantizar la gobernabilidad peronista de cara al gran capital financiero internacional.

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La votación del acuerdo con el FMI en el Senado repitió escenas ocurridas, una semana antes, en Diputados. Celebración de las coincidencias, fatalismo ante el escenario económico, silencio -cómodo y cómplice- del kirchnerismo duro.

La política nacional parece discurrir en una nueva temporalidad. Tiempo de “moderación” y “consenso”, estructurado sobre la confluencia entre gran parte del peronismo, el radicalismo y un sector considerable del PRO. Ese 70 % del espacio político -que alguna ver reclamara Rodríguez Larreta- se materializa en el Congreso gracias a los oficios de personajes como Sergio Massa y Gerardo Morales. Un nuevo “centro político”, avalado por el gran empresariado en sometimiento creciente a los dictados del FMI; purgado de “extremos” o, como le gusta decir a Lousteau, de intransigentes.

El quiebre (¿total?, ¿definitivo? ¿parcial?) del Frente de Todos opera como contracara simétrica de esa nueva configuración. El poder se corre “al medio” evidenciando cercanías políticas y programáticas que tienen poco y nada de progresistas. ¿Cómo calibrar sino la coincidencia entre el ministro Juan Zabaleta y Patricia Bullrich a la hora de liquidar al principio de inocencia?

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Hay, en curso, una nueva morfología en la arena política nacional. Un esquema político en formación, que une los retazos centrales de las dos coaliciones mayoritarias, en aras de una gobernabilidad de ajuste. Una amalgama construida por varios de los “nacidos el 4 de julio”, al decir de Nicolás del Caño (PTS-FITU).

Esa nueva morfología no prescinde -no puede hacerlo- del papel esencial que cumplen las cúpulas sindicales y de los movimientos sociales afines al oficialismo. Garantes de una tregua que perdura, artífices de una tenaz resistencia a luchar contra la caída del nivel de vida de las grandes mayorías.

El cuánto se consolidará ese centro resulta pregunta esencial. El horizonte político está marcado por un cruce de caminos. La competencia electoral hacia 2023 atraviesa la ruta de la gobernabilidad del ajuste. La única certeza es la inestabilidad. Más aún en un mundo convulsionado, que lejos está de sonreír a la economía nacional.

La desilusión permanente

Hace poco más de una década, definiendo los contornos del peronismo posterior a 1955, Carlos Altamirano escribía que

“El tiempo de la expectativa (…) y el del pasado son los dos dominios temporales del peronismo verdadero. El presente es el tiempo que consume el peronismo empírico, cuyo reinado, aunque contingente, impide que la verdad del peronismo se consume” [1]

El peronismo empírico o fáctico como oposición al peronismo verdadero. Si el segundo es promesa, el primero es siempre la realidad prosaica de la gestión y el poder. La realidad de los Vandor y los Gerardo Martínez, de los Calabró y los Manzur, de los Menem y los Pichetto. El peronismo empírico es el que convoca -en nombre de la “relación de fuerzas” y del “mal menor”- a la aceptación de aquello a lo que se ha decidido capitular. La historia del peronismo como la historia de una desilusión permanente.

En ese desdoblamiento entre verdad prometida y realidad decepcionante también puede leerse la crisis del Frente de Todos. Experimento fallido, decepción marcada, desilusión de promesas electorales.

Si el peronismo verdadero es aquel que -en campaña- repudiaba la deuda ilegal macrista, el peronismo empírico es el que pacta con Juntos por el Cambio para pagarla, silenciando responsabilidades y nombres. Entre ellos, el de Macri. Si el primero prometía privilegiar jubilados a bancos, el segundo presenta un mundo de pobreza creciente e inflación galopante. Mientras, el poder económico sigue amasando fortunas.

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El quiebre interno en el oficialismo se arrastra desde hace meses. Nadie olvida cómo CFK cultivó el género epistolar por mucho tiempo. Sin embargo, la votación del acuerdo con el FMI opera, casi, como un punto de no retorno. Lo eleva a fractura expuesta. Al punto que se discuten expulsiones, sanciones y otros formatos de castigo interno. Para que el revival del pasado sea completo, solo restaría que se empiece a hablar de “infiltrados”.

Ese proceso de desagregación que acosa el oficialismo es, a la vez, político y social. Arrastre de un ajuste que llevó a la derrota de las PASO y las elecciones generales. Crisis y desilusión de vastos sectores que ven caer sus condiciones de vida sin solución de continuidad.

Bajo un cielo encapotado aparecen tibios -e impotentes- intentos de convocar a la unidad mirando al 2023. Las “diferentes miradas internas sobre diferentes temas” aparecen como una suerte de placebo destinado a calmar ansiedades y templar alicaídos ánimos.

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Elogio de la impotencia

“Hay quien menosprecia las decisiones, argumentando que todas terminarán ocurriendo. En un mundo así, ¿cómo podría ser uno responsable de sus acciones?” Alan Lightman.

Las preguntas se imponen, necesarias. ¿Cuáles debieron ser las formas “duras” o “no amigables” para negociar con el FMI? ¿Cómo imponer aquellas medidas que La Cámpora y el kirchnerismo reclamaban necesarias para un “buen acuerdo”?

La crítica a la pretendida radicalización kirchnerista nada en el vacío de las palabras. El silencio de La Cámpora en las sesiones de Diputados y el Senado dice más sobre la realidad que las 23 páginas de documentos críticos publicados al filo de cada votación. La ausencia de CFK a la hora en que sus pares aprobaban el acuerdo, completa el cuadro.

En ese silencio y en esas ausencias, el kirchnerismo hace un elogio de su propia impotencia ante el acuerdo con el FMI. Impotencia que es, a la vez, complicidad plena. Basta mirar las renuncias en las comisiones que emitían dictamen o la convocatoria a una sesión exprés hecha por la misma Cristina Kirchner. Agréguese -a riesgo de ser reiterativos- la permanente ausencia en las calles a la hora de enfrentar el acuerdo.

Si el Frente de Todos opera como una ilusión quebrada, el kirchnerismo viene a ser la desilusión dentro de la desilusión.

Resiliencia en las calles y por izquierda

Aunque ya haya caído en el olvido, la Argentina tuvo su Unidad Ejecutora Especial Temporaria Resiliencia Argentina. Su vida efímera alimentó la sobreproducción de memes. Horas más tarde, la anunciada “guerra contra la inflación” causaba el mismo efecto.

Existe, sin embargo, la posibilidad de pensar una resiliencia para amplios sectores de la sociedad: aquellos que sufrieron y sufren esa potente desilusión llamada Frente de Todos.

Casi por definición, el escepticismo resulta un producto lógico de decepciones y desilusiones. Sin embargo, contra esa dinámica, cualquier capacidad de recuperación no debería actuar en el terreno del mal menor. Allí ha venido operando desde hace tiempo. Inspirado desde el mismo kirchnerismo, sus insípidos resultados portan nombres como Daniel Scioli, Sergio Massa o Alberto Fernández.

El país -y entendemos al país como las amplias mayorías trabajadoras- se enfrenta al crítico escenario del acuerdo con el FMI. A un camino de tensiones donde el poder político y el empresariado, en aras de “honrar las deudas” entregará porciones crecientes de la riqueza nacional a las manos del capital financiero internacional.

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Esa debacle social puede y debe ser evitada. El camino para enfrentarla está en las calles. Pero también en cada lugar de trabajo y estudio; en cada barrio. En la fuerza social de millones de trabajadores y trabajadoras capaces de afectar el poder capitalista si se ponen en movimiento. La apuesta estratégica de la izquierda trotskista va en esa dirección. Este 24 de Marzo es un paso fundamental hacia allí.


[1Carlos Altamirano. Peronismo y cultura de izquierda. Buenos Aires. Siglo XXI Editores. 2011 P.133.





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