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Red Internacional

Estado español. Guerra abierta, corrupción y decadencia de la derecha española

La vorágine de acontecimientos desatados por la guerra total del PP continúa. La crisis muestra el nivel de decadencia y corrupción no solo del PP, sino del conjunto del régimen político. En este escenario, la extrema derecha sigue avanzando. Hay que prepararse para combatirla poniendo la lucha de clases en el centro de la política.

Viernes 18 de febrero | 20:52

La guerra civil desatada este jueves en el Partido Popular (PP) ha cobrado dimensiones sin precedentes. La crisis del principal partido de la derecha terminó de estallar pocos días después de las elecciones en Castilla y León, en las que el ultraderechista Vox logró un avance categórico. El presidente del PP, Pablo Casado, esperaba que el adelanto electoral le diera una mayoría absoluta, o al menos suficiente para dirimir su batalla interna con Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, y mejorar su competitividad con Vox. El resultado fue un fracaso rotundo.

Muy debilitado, el líder del PP buscó reforzarse separándose de Vox. Hasta llegó a coquetear con un pacto con el Partido Socialista (PSOE). Ayuso hizo exactamente lo contrario. Se mostró a favor de pactar con la extrema derecha, desautorizando a su jefe, y ya de paso, exigió la convocatoria del retrasado congreso del PP de Madrid, donde esperaba obtener la secretaria general. El control del PP de Madrid había sido un delimitado campo de batalla, hasta ahora. Y entonces estalló la guerra.

La primera que disparó fue Ayuso. En la mañana del jueves sus medios afines -sobre todo afines a los fondos de la Comunidad de Madrid-, publicaban que Génova, como se conoce a la sede nacional del Partido Popular, habría contratado vía el Ayuntamiento de Madrid -supuestamente con fondos de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo-, un detective para investigar a la presidenta y su entorno. ¿Sobre qué? Pues sobre una supuesta adjudicación irregular de un contrato de 1,5 millones de euros a una empresa de un amigo de la familia, para comprar mascarillas en marzo de 2020, en plena pandemia. Por esta operación, el hermano de Ayuso habría cobrado casi 300 mil euros de comisión.

La jugada de Ayuso fue inteligente. Asesorada por su operador político y jefe de Gabinete, el aznarista Miguel Ángel Rodríguez, hizo saltar el escándalo del espionaje para imponer el relato de operación política y guerra del aparato del PP contra la presidenta, antes que se impusiera el de la corrupción y el nepotismo. Poco después, el secretario general del partido, Teodoro García Egea, anunciaba la apertura de un expediente informativo contra Ayuso por su comportamiento “gravísimo y casi delictivo”. El paso previo a un expediente disciplinario que podría terminar con su expulsión del partido.

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Pablo Casado, que se calló la boca por casi 24 horas, salió finalmente este viernes a acusar a Ayuso de estar "alargando un montaje" para no dar explicaciones sobre la corruptela de su hermano. Así, con todos los puentes rotos, la vorágine ha puesto al PP al borde la ruptura. Un escenario que no pareciera tener retorno.

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Una pandemia de corrupción

Lo que nadie ha negado es que la Comunidad de Madrid adjudicó un contrato desorbitado para recibir mascarillas a una empresa de un amigo del hermano de Ayuso. Y que éste cobró por esa operación una ingente suma de dinero. Ahora Ayuso sostiene que cobró 55.850 euros, no 300.000. Y supuestamente lo hizo en concepto de “gestiones” por comprar mascarillas a una empresa china. ¡55 mil euros por gestionar la compra por internet de mascarillas a una empresa en china! ¡Que además se pagaron al delirante precio de más de 5 euros por unidad! Esto, claro está, suponiendo que el hermano de Ayuso no usara la empresa de su amigo como testaferro para cobrar por abajo los 250 mil restantes. Y eso ya sería mucho suponer.

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Así, mientras miles de personas morían por la pandemia -muchas de ellas por la nefasta gestión que se hizo de las residencias de ancianos-, y millones se quedaban sin ingresos, Ayuso le entregaba a su hermano casi 5 años de salario mínimo por hacer una compra online. Es indignante. Pero con su confesión, Ayuso lo que pretende es legalizar la actuación de su hermano. Será repulsivo, pero es legal. Un gesto típicamente trumpista. Aunque hay que ver que sucede con los casi 20 contratos que le hermano de Ayuso consiguió desde que su querida hermana llegó a la presidencia de la Comunidad.

Ahora bien, los tejemanejes de Ayuso eran conocidos dentro del PP. A este caso se suman además otros igualmente escandalosos, como la contratación de los menús de comida basura de Telepizza o la construcción del Hospital Zendal con contratos millonarios otorgados sin licitación a las principales empresas del Ibex.

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Tráfico de influencias, facilitadores, “mordidas”, contratos públicos a dedo, falsificación de informes técnicos, prevaricación, extorsión, sobrefacturación, fraude a hacienda, financiación ilegal y contabilidad B, sobresueldos en sobres, recalificación urbanística, sobornos, comisiones y regalos, malversación de fondos públicos, enriquecimiento ilícito, blanqueo de capitales. Son solo algunas de las prácticas del business as usual de la gestión capitalista de los asuntos públicos. Lo que investigaba el supuesto detective eran pruebas para extorsionar a Ayuso en la interna dentro del PP, no el caso en sí mismo. ¡Y cuántos casos más habrá guardados en carpeta! No por nada, el viejo zorro de José María Aznar, expresidente español, ha dicho que “la situación de Ucrania es ahora mismo mejor que la del PP, porque allí no hay armamento nuclear”.

Salvo raras excepciones, cuando estallan denuncias sobre casos de corrupción entre distintos partidos capitalistas, o dentro de sus propias filas como en este caso, es porque se están dirimiendo luchas de poder (¡Ay Cifuentes!). Aunque no está comprobado, según diversos medios fue desde Moncloa que se filtró la información sobre la “mordida” del hermano de Ayuso a Casado y su equipo. Es completamente plausible.

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Por ello, la podredumbre de la derecha es solo una expresión de la podredumbre del conjunto del Régimen. El PP, el PSOE, Ciudadanos, Vox y otros partidos, los sindicatos burocratizados, la Iglesia, y por supuesto, la propia Corona. Todos han estado salpicados de alguna manera en escándalos de corrupción. No olvidemos la Gürtel, el Caso Púnica, el Caso Palau de CiU, el fraude de los ERE en Andalucía que implicó a la plana mayor del PSOE, el caso Nóos, y una larga lista. Al fin y al cabo, todos aprendieron del mejor, el rey emérito Juan Carlos I, patriarca de un régimen que ha actuado -y sigue actuando- como una verdadera “asociación ilícita” al servicio de los ricos y los poderosos. No son manzanas podridas, sino los mecanismos con los que funciona el Régimen y el sistema mismo. Una verdadera pandemia de corrupción.

El trasfondo de esta guerra, sin embargo, no es la corrupción, por más generalizada que sea. Es la crisis de un sistema de partidos decadente que, entre otros fenómenos, ha dado lugar a la emergencia de una fuerte extrema derecha en ascenso. Vox ha comenzado a cuestionar seriamente la hegemonía del PP dentro de la constelación de la derecha española. Ahí está la clave.

La persistente crisis orgánica del Régimen del 78

La guerra abierta dentro del PP es, en cierto modo, un nuevo episodio tardío de la “crisis orgánica” del régimen español, tomando el concepto del comunista italiano Antonio Gramsci.

Antes estuvieron la crisis de la monarquía en 2014, que culminó con la abdicación de Juan Carlos I y el inicio del reinado de Felipe VI, aunque sus escándalos de corrupción continúan hasta hoy. Y en 2016, no olvidemos, también dentro del PSOE afloraron las cloacas que impusieron el golpe de mano a Pedro Sánchez para destronarlo de la secretaría general de su partido tras oponerse a la política de los barones socialistas de permitir la investidura de Rajoy. Un 2016 que, recordemos también, estuvo plagado de casos de corrupción que salpicaron a todo cristo.

En todos estos casos, como ahora, operaron activamente los medios de prensa del establishment, tanto por derecha como “por izquierda”. El cuarto poder en manos de grandes conglomerados capitalistas que viven del dinero público gestionado por los gobiernos.

La génesis de la crisis, no obstante, viene de mucho más atrás. El estallido de la crisis capitalista en 2008 y la posterior irrupción del movimiento de los indignados, fueron catalizadores de una “crisis orgánica” del régimen político de conjunto -en términos de Gramsci, una dislocación de la autoridad del Estado y de los partidos, en la cual la crisis económica se articula como crisis social y política- que marcó el inicio del fin del antiguo sistema de partidos.

El resquebrajamiento del viejo bipartidismo y la dinámica del “extremo centro”, como lo llamó Tariq Alí, dio lugar a nuevos fenómenos políticos y nuevas formas de pensar. Podemos por izquierda y Ciudadanos por derecha fueron su expresión directa. Poco más de seis años después, la derecha cool esta liquidada, fagocitada entre la derecha tradicional y la extrema derecha. ¿Y el experimento neorreformista? En el gobierno con la casta del PSOE aplicando políticas neoliberales “progresistas” como la nueva reforma laboral o parte de la agenda de la derecha como la política migratoria.

Este último elemento es clave. Sin él no se entiende el otro fenómeno aberrante que ha surgido, como en un caldo de cultivo de acción retardada, de la persistencia de la crisis orgánica del régimen: Vox. El ascenso de la extrema derecha es subproducto, no solo del agotamiento de la vieja derecha conservadora -que hoy se manifiesta de forma descarnada-, sino de la defección de la “nueva izquierda” que prometió venir a asaltar los cielos y lo único que hizo fue ocupar algunos ministerios para promover leyes que enamoran a la CEOE. Una emergencia que fue correlativa a la mayor crisis del régimen de las últimas décadas, el surgimiento del movimiento independentistas catalán y el referéndum del 1-O.

Estamos ante la presencia de una crisis continuada, que no es siempre la misma, pero cuyo sustrato si lo es: el agotamiento de las bases de sustentación del régimen político nacido del contubernio del 78. Por ello ha habido momentos tanto de crisis profunda como de estabilidad relativa. Pero por abajo -y no solo- se venía gestando una crisis monumental en el otro principal partido del régimen español, acicateada por el fortalecimiento de la extrema derecha.

El cisma en el PP -a través del surgimiento de Vox- ya era un hecho antes de la guerra que acaba de estallar. Surgió hace años de un elemento marginal como Abascal, pero que empalmó con una amplia base social que rompió con su viejo proyecto. Visto desde la arena internacional, este ha sido el destino del espectro de la derecha en múltiples países, desde Estados Unidos, hasta Francia, Chile o Argentina. El proyecto trumpista de Ayuso busca justamente conjurar el callejón sin salida al que Vox ha llevado al PP.

Enfrentar la oleada que viene de la derecha trumpista y la extrema derecha

Aún es prematuro aventurar como va a terminar la “Boda Roja” del PP, que ya es la crisis política más grande de su historia. Pero no será sin muertos, porque sangre ya hay. ¿Resistirá Ayuso el embate del aparato del PP viendo naufragar a Casado? ¿Estamos en la antesala de un retorno en clave trumpista de los neocon españoles, que otrora lideraran Aznar y Esperanza Aguirre, bajo la forma de un nuevo proyecto político? ¿O asistiremos a una larga guerra interna sin resolución clara, por más improbable que suene ahora mismo? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que la bascula de la política española se inclinará aún mas a la derecha. Y que Vox se seguirá fortaleciendo, comiendo de la carroña que deje la guerra civil del viejo partido de Abascal.

En este escenario, desde el “progresismo” y la izquierda institucional, se fortalecen propuestas de “cordón sanitario” y “bloques democráticos” contra la extrema derecha. Cuando Vox quiere presentarse como una fuerza “antiestablishment”, ¿qué mejor que un “cordón sanitario” que les permita ubicarse como “radicales” y “outsiders”?

Un pacto entre partidos burgueses y la izquierda reformista como promueven desde el PSOE a Unidas Podemos -un verdadero embrión de la nefasta política del frente popular-, no sirve para frenar a la extrema derecha. Sólo sirve para echar arena en los ojos de la clase trabajadora, desarmarla y evitar que reconozca quienes son sus verdaderos amigos y quienes sus enemigos. Pero tampoco sirve un nuevo experimento neorreformista como el que quiere encabezar Yolanda Díaz, la ministra mimada de la CEOE y las burocracias sindicales. Abonar la esperanza conformista de seguir siendo la muleta del ala “progresista” de un régimen podrido es la mejor vía para que se siga fortaleciendo la extrema derecha. Ya lo hemos visto en las elecciones de Castilla y León.

En los meses que vienen asistiremos a escenas de obsceno “malmenorismo”, como no hemos visto hasta ahora. La clave es no desesperar. Tanto la extrema derecha como la izquierda domesticada se alimentan de la desesperanza. Lo que hace falta es construir desde la movilización una izquierda que represente los intereses de los y las que sufren las políticas, la corrupción y la miseria que generan todos los enemigos del pueblo. Que levante como bandera un programa verdaderamente radical para terminar con todas las penurias de la clase trabajadora, las mujeres, la juventud, las y los trabajadores inmigrantes, las disidencias sexuales y el conjunto del pueblo pobre.

Por poner un ejemplo: ante la corrupción, el robo y el fraude del dinero público, ese medio complementario de transferencia de riquezas hacia las clases dominantes y sus fracciones políticas que tan bien manejan los partidos del régimen, no basta con oponerles denuncias judiciales y declaraciones parlamentarias. Hace falta plantear un programa que corte de cuajo sus fundamentos: que todos los cargos políticos del Estado, en todos sus niveles, tengan salarios iguales al de una maestra o un trabajador medio, y que sean revocables por sus electores.

Una medida tan sencilla como esta serviría para terminar con una de las principales fuentes de privilegios de una casta política corrupta y un aparato estatal al servicio de una minoría social. Esta fue una de las grandes enseñanzas de la gloriosa Comuna de París de 1871. Como escribió Lenin, “estas medidas democráticas, sencillas y ‘evidentes por sí mismas’, al mismo tiempo que unifican en absoluto los intereses de los obreros y de la mayoría de los campesinos, sirven de puente que conduce del capitalismo al socialismo.”

Para que se ponga en práctica habrá que imponerla con la lucha. Y junto con ello, una batería de medidas ineludibles, como la expropiación de las viviendas en manos de bancos y especuladores para parar desahucios como el de que este viernes tenía lugar en Madrid; la derogación de todas las reformas laborales, incluida la farsa del Gobierno, la CEOE y las burocracias sindicales; la prohibición de los despidos y el reparto de las horas de trabajo sin reducción salarial; la nacionalización de la banca y las empresas estratégicas; la defensa del sistema público de pensiones y la jubilación a los 60 años; impuestos a las grandes fortunas para reforzar la sanidad, la educación y los servicios públicos; el fin de la ley mordaza y la libertad de todos los presos políticos; la derogación de las leyes de extranjería y el cierre de los CIEs; un referéndum para poner fin a la monarquía; la defensa del derecho a la autodeterminación; el rechazo a la OTAN y la guerra imperialista y el cierre de todas las bases norteamericanas en suelo español, por mencionar solo algunas.

Para enfrentar decididamente el ascenso de la extrema derecha y luchar consecuentemente por un programa así, es necesaria la máxima independencia política con respecto a este régimen decadente. Es necesaria una nueva hipótesis de izquierda anticapitalista. Que promueva el frente único para el combate de las organizaciones de la clase trabajadora y la juventud. Que ponga la lucha de clases en el centro de gravedad. Hay fuerzas para ello. Entre las y los trabajadores que luchan contra la precariedad y las reformas laborales. En la juventud que enfrenta la represión. En los barrios. En el movimiento de mujeres y disidencias que planta cara al machismo y la translgtbifobia. En los colectivos que resisten los desahucios. En los movimientos sociales que enfrentan el racismo y la xenofobia. No hay tiempo que perder.




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